Con tanto móvil y red social no hay forma de escaparse a ser fotografiada. Mientras mi hija adolescente disfruta de cada selfie o posado (también hay que decir que sale siempre de lujo), yo sufro con cada foto. Casi imposible salir en una de ellas sin que me pillen hablando o riendo. Muecas, perfiles poco glamurosos, fotos movidas. Ese serí­a mi book. Y lo peor es cuando soy consciente de la cámara y me esfuerzo por sonreír con «elegancia». El resultado es todavía menos favorecedor.

Hace unos dí­as hablaba de estas cosas con la quinceañera de la casa. Le contaba que me sorprendo cada vez  que  la gente me dice que mi sonrisa es lo que más les gusta. Llevaba una semana oyendo esa frase a varias y muy distintas personas. ¿Mi sonrisa? Pero si mis dientes son irregulares y mis labios demasiado finos para soportar con dignidad una barra de labios.

Así­ que le solté justo eso a mi hija: «Qué curioso que mi boca, la parte de mi cuerpo que menos me gusta sea la que más atrae a la gente, no lo entiendo». Me miró sorprendida, como si fuera extraño que su madre no supiera una respuesta tan lógica y clara:

«Claro mamá, porque no es lo mismo una boca que una sonrisa»

Me quedé de piedra. Menuda lección me acababa de dar «en los morros» una adolescente de libro. Para que luego digamos que sólo piensan en digital.

Y es que el lenguaje no verbal es tremendamente poderoso. Transmite más información sobre las personas que sus palabras y resulta difícil controlarlo. Es la emoción que hay detrás de cada gesto quien lo dirige, independientemente de lo que nuestras palabras quieran decir. Desde los primeros seres humanos, incluso antes, cuando aún no hablábamos, aprendimos a leer en los gestos lo que otros querían decirnos o sus intenciones. Puedes hablarle con cariño a un bebé y te sonreirá. No comprenderá tus sonidos pero sí su tono y tus gestos.

Y como hay estudios para todo también en sonrisas hay uno muy famoso, el del doctor Duchenne. Este médico francés estudiaba las expresiones faciales y se dio cuenta de que es posible distinguir una sonrisa auténtica de otra forzada.

La clave está en qué parte de nuestro cerebro manda la orden para sonreí­r.

Cuando la sonrisa es auténtica, la que nos sale «de dentro», tiene su origen en  la parte lí­mbica de nuestro cerebro, la que rige las emociones. Aquí es una «emoción espontánea y genuina». Esta orden implica la contracción de los músculos junto a la boca pero también la de los próximos a los ojos.

Resultado: se elevan las comisuras de los labios, se contraen las mejillas y nos salen arrugas junto a los ojos. A esta sonrisa se la conoce como la sonrisa Duchenne.

La otra, la de compromiso, viene desde lo racional, desde el neocórtex. Y este sabrá mucho de lógica pero poco de emociones. Sabe mandar la orden a la boca para que «haga una sonrisa» pero no sabe mandarla a los ojos y resto de la cara. Y claro, no consigue el mismo resultado.

Sobre todo sonreímos con los ojos

Ahora vuelvo a mirar las fotos y ya no veo dientes ni labios, veo ojos y arruguitas y me gusto más. No es un ejercicio de narcisismo, es un ejercicio de mirarse de verdad, con cariño, viendo más allá de lo fí­sico. Si somos capaces de descubrir a las personas por su lenguaje no verbal. ¿Por qué a veces, al mirarnos en fotos o en un espejo se nos olvida?

¿Y si nos miráramos como miramos a un ser querido?

Sonriámonos a lo Duchenne.