Como si fuera un fragmento de Indina Jones, así­ me sonó cuando la guí­a nos habló del Códice 60. Fotografié el ejemplar (copia) que tení­amos delante, con su pluma y todo, para darle más atmósfera de bestseller medieval. Esas letras imposibles de leer guardaban un tesoro, eran mucho más que palabras, eran la primera expresión escrita de un idioma.

Me llamó la atención aquello de que el Códice 60 fuera especial. No era el más antiguo, no era el único que, estando escrito en latín, contenía anotaciones en castellano (y euskera) en sus márgenes, ni siquiera fue el primero en tenerlas. Lo que le hace especial y único es ser el primero en tener frases completas no sólo «palabras sueltas». Es por tanto muestra de la gramática, la seña de identidad de una lengua.

Así que «las palabras solas no son una lengua». Sin embargo son las palabras las que nos ayudan a comunicar nuestra realidad, una realidad que no es una y única, si no que cada cual tenemos la nuestra, nuestro propio mapa, marcado por nuestra forma de percibir lo que pasa en cada momento, matizado por nuestras creencias y por nuestras experiencias. Estos matices se cuelan en nuestro lenguaje, nos hacen omitir algunos datos, generalizar otros o distorsionarlos.

Lo que nos ayuda a reducir toda la información y hacer la comunicación ágil es también lo que nos hace crear una distancia entre cómo vivimos una experiencia y cómo la contamos.

Podemos imaginar lo que significan para otros pero siempre lo haremos desde nuestro mapa así que, ¿Cómo nos atrevemos a decir: «seguro que está pensando…»; «ocurrió tal y como yo te digo» ; «es así, que yo lo sé»?

Y vuelvo a pensar sobre eso de que las «palabras sueltas no son una lengua». Para la gramática puede, sin embargo atender a algunas de esas «palabras sueltas», o incluso a las que no se dicen, será la clave para conocer qué piensa y siente realmente otra persona (o yo misma cuando me escucho de verdad).

En mi trabajo como coach tan importante es lo que se dice como lo que no. Hacer las preguntas adecuadas para entender la estructura más profunda del mensaje puede ser la clave para que la otra persona tome conciencia de qué le está moviendo o que le está frenando, dónde está el foco, qué es lo que necesita realmente. Preguntar sobre «esas palabra» abre ventanas en el interior de las personas, les hace adentrarse en qué les pasa realmente para poder dar con la solución adecuada.

Imagina que tú eres A y fíjate cómo te llega la pregunta de B. ¿A qué te invita esa pregunta?; ¿Cómo crees que va a continuar la conversación?; ¿A quién le aportará más?:

A-«Este trabajo no me gusta»

B- «¿Qué, concretamente, no te gusta de este trabajo?

-o-

A-(runner) «Estoy corriendo mal»

B- «¿Corriendo mal en comparación a quién o a qué?

-o-

A-«Su mirada me hace sentir torpe»

B-«¿Cómo hace su mirada para hacerte sentir torpe?»

-o-

A-«Las cosas me van mal»

B- «¿Qué cosas te van mal?»

Puede que el Códice 60 tenga más valor por tener frases completas, pero no olvidemos que esa «palabra suelta», dicha u omitida, puede ser la clave que necesitamos para cambiar nuestra realidad. Preguntar por ella indica que estamos escuchando activamente, mostramos un interés genuino por la otra persona, nos ayuda a comprender desde dónde nos habla y sobre todo le puede ayudar a encontrar sus propias respuestas.