A pocas horas de comernos las uvas, haciendo balance del año y como siempre hinchando pecho al decir nuestros propósitos de año nuevo. Muchos llegarán con suerte a final de mes, otros hasta primavera, otros ni siquiera tomarán forma. Y es que una cosa es tener propósitos y otra tener auténtico interés en alcanzarlos. El papel lo aguanta todo pero luego tenemos que sortear obstáculos y se necesita voluntad genuina para salvarlos.

En coaching sabemos que un propósito solo se podrá conseguir si pasa a ser un objetivo, enunciado en positivo, específico, medible, alcanzable, realista, con fecha y respetuoso con nuestros valores. Vamos, que hay que trabajárselo antes de lanzarse a gritarlo entre uva y uva.

De mi balance de este año rescato aquí fragmentos del discurso con el que obtuve el Primer Premio a nivel nacional de Discurso Humorístico de Toastmaster. Le tengo un cariño especial por la inesperada alegría de recibirlo pero sobre todo porque es la llamada de atención con la que quiero afrontar mi 2018.

“¡UN MOSQUITO!”

Con ese grito me despertó mi marido a las 3 de la madrugada. Este podría ser el principio de una historia sobre insectos, matrimoniadas o simplemente, la crónica de una muerte anunciada. Pero como decía mi abuela: «de todo se aprende» (hasta de un mosquito). 

Su siguiente grito fue para avisarme de que iba a encender la luz. Todo un detalle por su parte si no fuera porque lo hizo justo después de darle al interruptor. Imposible protegerme. Un rayo atravesó mis párpados y todo se volvió rojo.  Sólo pude adivinar su silueta atravesando la habitación. Cerrando la puerta (para convertirla en “una trampa mortal”). Ajustándose sus gafas porque “estas cosas exigen precisión” y buscando un arma: una camiseta, una toalla … ¡un calzoncillo!. Creedme, para él todo vale cuando se trata de un mosquito.

Luego todo sería cuestión de tiempo. El bicho cometería un error, se posaría sobre un fondo blanco. Él lo detectaría, se colocaría en el ángulo perfecto y …plasss, lo aplastaría. Así de rápido (sorprendentemente rápido para lo lento que suele ser). 

Dos días más tarde otro mosquito apareció en el baño. Pensé “Si mi marido puede, yo también”. Seguí sus pasos, cogí una…toalla, lo busque, lo encontré, puse mi brazo en el ángulo perfecto y… se me escapó. 

¿Cómo era posible? ¿Qué hace mi marido que yo no hago?. Analicemos la escena: misma arma, misma técnica, mismos gestos… No, mismos gestos no. Porque yo cerré los ojos en el último segundo. ¿Qué queréis? Me dan asco los animales aplastados.
A él estos bichos le dan alergia, a mí me repugnan.

Luego…

“Él quiere matar al mosquito.
Yo solo quiero que se muera”

Mi abuela tenía razón. Porque, esto no va de mosquitos, esto va de cosas en las que “digo estar trabajando” pero que por alguna razón no consigo acabar. 

¿Os suena eso de querer ir al gimnasio, perder esos kilos, arrancar con ese proyecto, vaciar el trastero, lavar el coche, aprender inglés,…?

¿Cuántos mosquitos decimos que queremos matar pero en realidad sólo estamos esperando a que se mueran?
(…)

La semana pasada otro de esos chupópteros asquerosos no me dejaba dormir. Esta vez mi marido no estaba, yo tenía que madrugar y el pesado del mosquito no paraba de zumbar en mi oreja.

Encendí la luz, lo busqué, lo localicé, cogí un arma, puse mi brazo en el ángulo perfecto, mantuve contacto visual permanente, y …PLASSS. Me lo cargué. ¡Lo había logrado!. ¿Pero qué había cambiado? ¿Había desarrollado yo super-poderes? ¿Acaso este mosquito era más tonto que el anterior? 

No, más sencillo: esta vez no me fijé en mis ascos, miedos, limitaciones. Puse toda mi atención en la recompensa: silencio, paz , dormir.

Sí abuela sí, he tenido que matar un mosquito para darme cuenta de que en esta vida si quieres lograr algo debes quererlo realmente y fijarte en cómo será alcanzarlo. Que si primero atiendes a los obstáculos te encuentras con eso, con obstáculos. (…)

 

Te invito a que este inicio de año te pares a pensar qué quieres conseguir realmente. Y si vuelves a escucharte decir las mismas metas, si ya te suenan repetidas, pregúntate esta vez:

“¿Estoy matando al mosquito o esperando a que se muera?”